lunes, 22 de marzo de 2010

Ante el Día de la Vida en la fiesta de la Encarnación del Señor

Hace muy pocos días el hermano mayor de una Hermandad de Semana Santa me dejaba sorprendido. Comentaba él que, con motivo de unas charlas de formación para el cofrade, había descubierto una curiosa coincidencia. Se daba cuenta de que entre la fiesta de la Encarnación del Hijo de Dios y la fiesta de su Nacimiento transcurren exactamente nueve meses.

Añadía el buen hermano mayor que el descubrimiento de esa correspondencia de fechas le había llenado de asombro y que había suscitado en él unas serias reflexiones. Era como si por primera vez hubiera llegado a descubrir que, al tomar nuestra naturaleza, el Hijo de Dios se había sometido al ritmo biológico que caracteriza a toda vida humana.

Para mí fue una alegría escuchar a este amigo. Porque su descubrimiento le había llevado a extraer muchas y muy interesantes consecuencias. Entre otras cosas, decía él que si el primer momento de la vida de Jesús se celebra con tanta solemnidad y devoción, no deberíamos ignorar, y menos despreciar, el punto de arranque de la vida de toda persona.

Todo cristiano sabe que el día 25 de marzo la Iglesia latina celebra la fiesta de la Anunciación del Ángel a María de Nazaret y la Encarnación del Hijo de Dios. Pero hasta los no cristianos saben que el 25 de diciembre la Iglesia latina celebra el nacimiento de Jesús en Belén de Judá. La relación entre ambas fechas no puede ser ignorada por nadie.

Pues bien, desde hace algunos años, en esta fiesta de la Encarnación se celebra también en muchos países el día de la vida humana. Es una Jornada dedicada a la reflexión sobre el valor de la vida. Y un día dedicado también a proponer ideales y proyectos concretos que hagan visible y efectivo el amor a los vivientes, especialmente a los más necesitados de protección.

En este año 2010 el lema elegido para promover en España la reflexión sobre la vida es muy significativo: “Mi vida está en tus manos”. Las manos del padre y de la madre acogen, acarician y defiende la vida del hijo o de la hija que Dios les ha concedido. Esa imagen en que se unen la fuerza y la ternura refleja bien a las claras que la vida es un don y una responsabilidad.

En realidad, esa vida que nace tan frágil y debil ha de pasar por otras muchas manos. Ojalá sean siempre manos acogedoras y respetuosas. Manos que acarician y sostienen, que acompañan y guían, que curan y consuelan a la persona. Que nunca sean manos que amenazan o hieren. Que nunca desorienten o acusen. Que nunca maten o voten para legalizar la muerte.

Las manos que acogen al niño que nace son manos que merecen la bendición de Dios. Porque él es la fuente de la vida y nos invita a colaborar con Él en la defensa de todos los vivientes. De Él viene toda vida y a Él se encamina. Las manos humanas que sostienen la vida tienen algo de divino, pues participan de la ternura y la generosidad del mismo Dios.

José-Román Flecha Andrés

Tomado de ECCLESIA DIGITAL