martes, 20 de abril de 2010

PALABRAS DE MONS. D. RENZO FRATINI NUNCIO DE SU SANTIDAD EN ESPAÑA Y ANDORRA

De las palabras de Mons. D. Renzo Fratini, Nuncio de S.S. en la apertura de la XCV Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española el 19 de abril de 2010.

... En una sociedad, cada vez más secularizada, urge la formación y educación cristiana en la familia y en la escuela. Se habla hoy en la Iglesia de una emergencia educativa. Los padres tienen el insustituible papel y el derecho a orientar a sus hijos en sus convicciones acerca de la religión y la moral.

Por otra parte, la escuela necesita profesores bien formados, católicos existencialmente comprometidos, convencidos de que la enseñanza religiosa no es un modus vivendi más. Su apreciada tarea no puede limitarse en la práctica a informar del hecho cristiano, sino que, atendiendo a los valores espirituales, han de saber presentar las raíces de la fe en Jesucristo y despertar el amor a la Iglesia. Toda tarea educativa tiene también, entre sus objetivos, el compromiso social, moviendo a la solidaridad hacia los más pobres.

Como he tenido ocasión de señalar en otro momento, son de alabar, al respecto de la enseñanza, las iniciativas que promueven un “pacto de Estado”. La Iglesia, actora y promotora de una cultura verdaderamente humana, está convencida de que este compromiso, realizado en el respeto y la salvaguardia de la libertad, no puede sino resultar en un amplio beneficio de todos.

Por último quiero referirme a la delicada cuestión de la presencia de los signos religiosos, y en particular del crucifijo, en la vida pública. Al respecto expreso el deseo de que, en la sociedad española en general, perviva el afecto por este signo del Amor sin límites de un Dios que se ofrece por el hombre hasta el sacrificio propio. El crucifijo ha sido y es signo de protección, de consuelo, y de fortaleza en el dolor. Se ha convertido en signo de las profundas raíces de la propia cultura en España, llegando a encontrarse, no sólo sobre las esbeltas torres de las iglesias, sino presidiendo las plazas y los cruces de muchos caminos. Muchos de ellos son obras de arte con la sublime serenidad de un Velázquez, la dulzura de un Murillo, o el dramatismo de un Goya.
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