viernes, 21 de mayo de 2010

Cristianos en el mundo

Reflexión de José Román Flecha Andrés ante el día del Apostolado Seglar

Los nombres pueden engañar, pero con mucha frecuencia nos ayudan a descubrir la honda verdad de las cosas o de las personas. Así ocurre con los nombres con que se llama a los miembros de la comunidad parroquial: fieles, laicos o seglares.

Ya la misma palabra “miembro” evoca la unidad, diversidad y complementariedad de las personas que forman parte de un cuerpo vivo y activo, como es la comunidad cristiana. La palabra “fiel” hace referencia a la fe que distingue a los discípulos de Jesucristo en medio del mundo y a la fidelidad que evoca la adhesión personal a un ideal religioso. La palabra “laico” los designa como ciudadanos del pueblo, que en griego se dice “laós”: el pueblo de Dios que peregrina por esta tierra. Y la palabra “seglar”, que proviene del latín “saeculum”, o siglo, se refiere a la presencia y la actividad de los creyentes en el ámbito profano de este mundo. Por cierto, la palabra “profano” significa el espacio que se abre fuera y ante el santuario.

Estas palabras no deberían ser exclusivas, sino inclusivas. Es decir, los laicos no se definen sólo por “no ser” miembros del clero, sino por “ser” miembros responsables de la misión de la Iglesia en el mundo. Por ser palabra y manos en el seno de la comunidad. Por ser presencia y fermento en el ambiente social.

El 29 de marzo del año 2009 el Papa Benedicto XVI visitaba la parroquia de uno de los barrios de Roma. Con sencillez y convicción felicitaba a aquellos parroquianos. Les decía que uno de los dones del Concilio Vaticano II es la existencia de los consejos pastorales en las parroquias. En ellos se encuentran laicos que representan a toda la comunidad. ¿Para qué? Junto con el párroco y los demás sacerdotes, estos laicos afrontan los problemas de la Iglesia viva de su barrio. En realidad, ayudan a construir la Iglesia, es decir, la comunidad cristiana. Con su testimonio y con su acción contribuyen a hacer presente la palabra de Dios y a sensibilizar a la gente con respecto a la presencia de Jesucristo en los sacramentos.

De esa forma, el Papa les explicaba la identidad y la figura de los fieles cristianos. Y de esa forma les recordaba una misión tan difícil a veces, como bella y entusiasmante siempre.

En la fiesta de Pentecostés, la Iglesia celebra la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesús. No es extraño que dedique ese día al apostolado seglar.
Pentecostés es un día y es un espíritu. Es el día más oportuno para redescubrir la misión de los laicos en la familia y en el trabajo, en la enseñanza y en la escena política, en la comunicación y en el proyecto de un mundo más humano. Es el día privilegiado para acoger al Espíritu que crea la historia y la dirige en el amor y en la esperanza. Y para agradecer la vocación del laico que hace oír la voz de Dios en un mundo laicista que trata de vivir como si Dios no existiera.

José-Román Flecha Andrés