martes, 20 de julio de 2010

Un cura cualquiera

JUAN MANUEL DE PRADA

SE llama Rogelio Prieto. Es un cura cualquiera de la diócesis de Zamora; un cura como tantos otros miles de curas, que no sale en los papeles, que cumple con su ministerio como quien respira, con una naturalidad callada y gozosa; aunque cada día da gracias al cielo por mantener su vocación intacta, cada día da gracias por consagrar el pan y el vino, por bautizar niños, por visitar enfermos, por confesar pecadores, por aliviar a los que tienen el corazón quebrantado. Se ordenó cura hace medio siglo; y la mitad de esos cincuenta años los ha pasado como párroco de Nuestra Señora de Lourdes, una iglesia cualquiera de Zamora que no figura en las guías turísticas, pues su arquitectura es más bien feúcha y no guarda tesoro artístico alguno. Allí, en la sacristía de esa iglesia sin historia, estará don Rogelio a estas horas atendiendo las cuitas de sus feligreses, preparando el sermón del domingo, tecleando en el ordenador la salutación de la próxima hoja parroquial, reunido con los voluntarios de Cáritas, tomando nota de las misas que le encargan, atendiendo el teléfono que tal vez hoy suene más de lo acostumbrado; o quién sabe si habrá tenido que abandonar todas estas labores para darle la extrema unción a un enfermo, o para visitar el velatorio de un difunto y rezar junto a sus familiares un responso, o para inaugurar una casa rectoral en Villadepera de Sayago, en cuya restauración lleva empeñado varios años, arañando monedillas aquí y allá, como antes las arañó para reparar las goteras de la parroquia.
Don Rogelio es ya septuagenario; pero conserva un brío juvenil que desmiente su edad. Tiene una estampa oronda, una sonrisa franca e intrépida y una tez rubicunda que se sonroja con facilidad; tiene el pelo bermejo, como si fuera un cura salido de una película de John Ford, y unos ojillos vivaces que miran las cosas desde dentro, como si radiografiasen su misterio. Nunca ha gastado sotana (o sólo en los albores de su vocación), y casi nunca lleva alzacuellos; pero se le nota que es cura a la legua. Es cura en todo lo que dice (y es un conversador inagotable) y en todo lo que hace (y no está ocioso nunca); pero, aunque le gusta hablar y hacer, tiene una forma bonancible de decir las cosas y una manera discreta de hacerlas que le permiten pasar inadvertido. Desde que llegó a la parroquia, no ha cesado de urdir proyectos y de fomentar vocaciones; y su mayor orgullo (su único orgullo, tal vez) es haber conseguido que ocho o nueve muchachos de la parroquia se ordenasen curas, siguiendo su ejemplo.
Está al tanto de todo lo que ocurre en el mundo; pero mira el mundo con desapego. Lo acechan mil preocupaciones; pero todas las echa a barato, confiado en la Providencia. No tiene un minuto libre, desde que se levanta hasta que se acuesta; pero a todos los que llaman a su puerta les regala el tiempo a manos llenas, despistado del reloj. Y sostiene, con la aportación de los parroquianos, a muchas familias que padecen los estragos de la crisis, mientras se afana por predicarles la Buena Noticia. Es un cura cualquiera de la diócesis de Zamora, uno de los muchos curas que un día decidieron dejarlo todo sin pedir nada a cambio. Es un hombre de nobleza callada y campesina, de humanidad desvelada y generosa. Es don Rogelio, mi párroco de siempre, mi amigo en las horas difíciles, un santo de incógnito que hoy celebra sus bodas de oro sacerdotales.
www.juanmanueldeprada.com

Tomado de ABC