jueves, 16 de diciembre de 2010

Las verdaderas causas del fracaso educativo

En el post anterior, sostuvimos que la causa principal del constante descenso del nivel de nuestro sistema escolar (acreditado por los informes internacionales PISA) no era la insuficiente financiación. Llega ahora el momento de analizar los verdaderos motivos.

El primero de ellos es, a mi modo de ver, la desintegración familiar. La gente cada vez se casa menos y se divorcia más. La cifra absoluta de matrimonios disminuyó un 23.4% en la UE-27 entre 1980 y 2008 (a pesar de que la población aumentó en 43 millones), en tanto que el número de divorcios y separaciones aumentaba en un 53%. En países como Suecia, Francia, Estonia o Eslovenia, el porcentaje de niños nacidos fuera del matrimonio supera ya el 50%.

España, un país de tradición católica que exhibía hasta hace 30 años unas estadísticas familiares muy saludables (nupcialidad y natalidad altas, baja tasa de ilegitimidad, etc.), recupera posiciones con entusiasmo respecto a la media europea: el número de matrimonios al año por cada mil habitantes ha descendido de 5.88 (1980) a 4.70 (2006); el porcentaje de nacimientos extramatrimoniales ha pasado del 3.9% (1980) al 26.5% (2005); el número anual de rupturas familiares (separaciones y divorcios) ha pasado de 16.334 en 1980 a 145.919 en 2006 [1].

(Recomendamos ver los gráficos pulsando aquí).

La desintegración familiar es la causa más importante de fracaso escolar. Cientos de estudios sociológicos acreditan una correlación estrechísima entre ruptura familiar y bajo rendimiento académico; por ejemplo, según el informe dirigido por Deborah A. Dawson, la probabilidad de repetir algún curso es de un 11.6% en los niños educados por su padre y madre biológicos casados entre sí, de un 21.5% si el niño es criado por una madre divorciada y vuelta a casar, y de un 29.7% si se trata de una madre soltera [2].

En todos los demás índices (probabilidad de sufrir una expulsión escolar, incidencia de trastornos emocionales y conductuales, etc.), la escala es siempre la misma: los niños educados en familias intactas (padre y madre casados entre sí) obtienen mejores resultados que los criados por parejas que cohabitan sin estar casadas (incluso si se trata de los padres biológicos) o por familias recompuestas (divorciados vueltos a casar), y mucho mejores que los educados en familias monoparentales [3]. Y la misma gradación encontramos en otras facetas del bienestar infantil no tan directamente relacionadas con lo escolar: probabilidad de sufrir abuso sexual (mucho más alta en niños que se crían con padrastros que en los que conviven con sus padres biológicos), de caer en el alcoholismo o la drogadicción, de quedar embarazada en la adolescencia, de terminar cometiendo delitos [4]

Lo que el sentido común y el ethos de todas las culturas han sabido durante milenios (a saber, que un niño necesita a su padre y a su madre) es confirmado abrumadoramente por los estudios empíricos. El secreto a voces circula ya libremente en EEUU (adecuadamente aireado por organizaciones como Focus on the Family, Family Research Council, etc.) … pero sigue resultando tabú en Europa. Una censura ideológica tácita impide difundir aquí ese tipo de investigaciones: los resultados son demasiado políticamente incorrectos; echan por tierra el dogma progresista de la “pluralidad de modelos de familia”. La nueva izquierda sesentayochista –hegemónica en Europa- desprecia a la familia tradicional y aplaude el florecimiento de nuevas estructuras “menos rancias”: la cohabitación, la familia recompuesta, la pareja homosexual con derecho a adopción, la familia monoparental … Lo fundamental, al parecer, es marcar distancias como sea respecto a la odiosa fórmula judeo-cristiana. Lo importante es defender a toda costa el “nuevo desorden amoroso” [5], las reglas sagradas de 1968: rechazo de los vínculos definitivos; libertad sexual ilimitada, caiga quien caiga. Y si los que caen son los niños … ¡qué se le va a hacer! Después de todo, sólo se vive una vez. Los personajes de Houellebecq lo saben (y lo sufren).
La crisis de la escuela es, pues, consecuencia de la crisis del matrimonio. Los docentes conocen cómo se desploman las notas de los alumnos cuyos padres se han divorciado recientemente. La ruptura familiar es una hecatombe para el niño: de repente, le falla el suelo bajo los pies y su mundo de seguridades se hunde [6]. Una sociedad con cada vez menos matrimonios intactos es una sociedad con cada vez más adolescentes conflictivos [7]. David Blankenhorn ha sabido condensar en pocas palabras por qué la institución matrimonial es insustituible: “el matrimonio dice al niño: el hombre y la mujer que te engendraron a través de su unión sexual también estarán ahí para quererte y educarte; el matrimonio dice a la sociedad entera: por cada niño que nace hay una madre y un padre identificables, que responden del niño y del otro cónyuge[8].

Mientras elevan lamentaciones sobre el fracaso escolar, convocan a “pactos educativos” e invierten sumas astronómicas en “un ordenador para cada alumno”, los gobiernos de izquierda a ambos lados del Atlántico no cesan de erosionar a la “familia tradicional”, equiparándola en tratamiento jurídico con otros modelos que se han revelado funcionalmente inferiores: “matrimonio homosexual”; atribución de derechos a las parejas de hecho (una medida que desincentiva el matrimonio: ¿para qué casarse, si se puede obtener el mismo reconocimiento social y legal sin hacerlo?); desaparición de la necesidad de motivar el divorcio (sólo en los dos años que siguieron a la aprobación de la ley del “divorcio exprés” [2005], se produjo en España un número de rupturas equivalente a más del 50% de las que se habían producido en los 25 años anteriores: 673.000 divorcios entre 1980 y 2005; 346.000 divorcios entre 2005 y 2007) [9]; mantenimiento de las ayudas familiares en niveles irrisorios (un aspecto en el que España es farolillo rojo europeo: por ejemplo, la prestación mensual por el tercer hijo es de 258 € en Bélgica, de 197 € en Francia, de 164 € en Alemania … y de 24 € en nuestro país).

Y en los EEUU de Obama –decididos, al parecer, a seguir la senda española- se ha eliminado el Marriage and Fatherhood Grant Program, que incentivaba el matrimonio en el estrato social de menores ingresos. Ruptura familiar y pobreza constituyen, por cierto, un binomio cada vez más interrelacionado, y que castiga terriblemente, de manera especial, a la población negra: la incidencia del divorcio ha disminuido en los últimos diez años en un 6% entre los norteamericanos con mayores ingresos, en tanto que no deja de crecer entre los más pobres. Mientras entre los ricos se produce un cierto retorno a la estabilidad familiar, el sector con menores ingresos se ve cada vez más estragado por la ilegitimidad y la ruptura (son ya mayoría los niños pobres que crecen sin padre). La sociedad estadounidense, ha afirmado Robert Rector, tiende a dividirse en dos castas: una con educación universitaria, familias intactas y altos ingresos (los tres factores se retroalimentan), y otra privada de las tres cosas [10]. Como señalara Gertrude Himmelfarb, las nuevas reglas amorosas (exaltadoras de la “espontaneidad”, incompatibles con el compromiso vitalicio) –inventadas por bohemios de clase alta a finales del siglo XIX [11]- terminaron extendiéndose a partir de los años 60 a los más pobres … que son ahora sus principales víctimas. El libertinaje es cosa de ricos. Murphy Brown (la yuppy televisiva cuya maternidad extramatrimonial fue criticada por el vicepresidente Dan Quayle, que se ganó con ello las consabidas acusaciones de mojigatería) puede permitirse pagar nannies y colegios caros que compensen al padre ausente; una camarera de Pittsburgh o una welfare queen de Alabama no pueden: las “liberaciones” de 1968 han supuesto para ellas -y para sus hijos- la condena a la pobreza y a la falta de horizontes.

Las otras causas de la catástrofe escolar son las leyes educativas insensatas y las teorías pedagógicas absurdas. Queden para otra ocasión.

Francisco J. Contreras
Catedrático de la Universidad de Sevilla
Asociación de Docentes Santo Tomás de Aquino


Notas

[1] Instituto de Política Familiar, “Informe sobre la Evolución de la Familia en España, 2007” (http://www.ipfe.org/Informe_Evolucion_de_la_Familia_en_Espana_2007_def.pdf).
[2] DAWSON, D.A., “Family Structure and Children’s Health and Well-Being: Data from the 1988 National Health Interview Survey of Child Health”, Journal of Marriage and the Family, Vol. 53 (August 1991), pp. 573-584 (http://www.cdc.gov/nchs/nhis.htm).
[3] “Compared with peers in intact families, children in blended or step families tended to have significantly lower GPAs and less positive engagement with school tasks and relationships”: tal es la conclusión del reciente estudio –basado en una muestra de 12.000 adolescentes nacidos entre 1994 y 1996- dirigido por Sarah HALPERN-MEEKIN y Laura TACH ("Heterogeneity in Two-Parent Families and Adolescent Well-Being", Journal of Marriage and Family, Vol. 70, May 2008, pp. 435-451).
[4] Vid. datos en MIRÓ i ARDÈVOL, J., El fin del bienestar … y algunas soluciones políticamente incorrectas, Ciudadela, Madrid, 2008, pp. 88-89 y 146; HIMMELFARB, G., One Nation, Two Cultures, Random House, Nueva York, 2001, pp. 47-50; BLANKENHORN, D., Fatherless America, Basic Books, Nueva York, 1995, pp. 33, 35, 245 (n. 30); POPENOE, D., Life Without Father, Simon & Schuster, Nueva York, 1996, pp. 65-74; DOHERTY, W.J. (ed.), Why Marriage Matters: Twenty-One Conclusions from the Social Sciences, Institute for American Values, Nueva York, 2002.
[5] BRUCKNER, P. – FINKIELKRAUT, A., Le nouveau désordre amoureux, Seuil, París, 1977.
[6] Como indica el psicólogo Tony ANATRELLA, la misma censura ideológica que se ejerce para ocultar la superioridad objetiva del modelo tradicional de familia (desde el punto de vista de sus resultados sociales y educativos), se aplica al enmascaramiento de los efectos devastadores del divorcio sobre los niños: es una “verdad incómoda” que no debe ser comentada: “Cuando los padres cuentan al niño: “mira, papá y mamá ya no se aman [y se van a separar], pero continuaremos amándote a ti”, el niño no lo comprende. El niño dirá: “no, si no os amais ya, no podéis amarme a mí”. ¿Por qué? Porque el amor parental llega al niño como amor conyugal” (“Entrevista con Tony Anatrella”, Debate Actual, nº7, Mayo 2008, p. 72). Una censura similar se ejerce sobre la incapacidad de los “padres sobrevenidos” para asumir adecuadamente la función parental: “Igualmente se habla de familias que se han rehecho en las que se obliga al adulto que se asocia al padre o madre a desempeñar un papel parental. No es posible, no es el verdadero padre o madre del niño. […] Nos equivocamos cuando dejamos entrever que la paternidad puede cortarse en trocitos pequeños [recomponibles]; esto da una imagen psicótica de la familia y de la sociedad” (op. cit., pp. 72-73).
[7] “[En las actuales circunstancias sociales] El marco de referencia del hijo ya no está enmarcado por la confianza y la esperanza, ni por la seguridad del compromiso, ni por la especificidad irrenunciable hasta las últimas consecuencias de la paternidad y maternidad […], sino por la desconfianza, la incertidumbre y la intercambiabilidad de los progenitores” (MIRÓ i ARDÉVOL, J., op. cit., p. 87).
[8] BLANKENHORN, D., “Proteger el matrimonio para proteger a los niños” (http://www.aceprensa.com/articulos/2008/oct/01/proteger-el-matrimonio-para-proteger-los-ninos/).
[9] Vid. “Informe sobre la Evolución de la Familia en España”, 2007, cit.
[10] “The U.S. is rapidly evolving into a two caste system with marriage and education at the dividing line.  Children in the top half of the population are born to married couples with a college education; children in the bottom half are born to single mothers with a high school degree or less”. Citado en Heritage Foundation, “What you won’t read in the media about the new birth data” (http://blog.heritage.org/2010/04/08/what-you-won%E2%80%99t-read-in-the-media-about-the-new-birth-data/). En un sentido similar: “On nearly every front, this “marriage gap” (and the divorce, illegitimacy, and cohabitation gaps) between the well educated and less educated breeds social stratification and economic inequality, by saddling working-class Americans with a host of burdens that their better-educated fellow citizens don’t have to bear” (DOUTHAT, R. – SALAM, R., Grand New Party: How Republicans Can Win the Working Class and Save the American Dream, Anchor Books, Nueva York, 2009, p. 139).
[11] “At the end of the 19th century, the loose [moral] system [inventado por aristócratas libertinos del XVIII, pero que había retrocedido durante el XIX con el puritanismo victoriano] was rehabilitated by a small group of bohemians who deliberately and ostentatiously cultivated the “vices” of levity” (HIMMELFARB, G., One Nation, Two Cultures, cit., p. 6). HIMMELFARB distingue entre esta avanzadilla finisecular, que no pretendía extender a toda la sociedad su innovador código moral (“this small, self-contained group of artists and writers assumed for themselves a moral license they did not extend to society as a whole”) y los Kinsey, Marcuse, etc. de los 50-60, decididos a “liberar” también a las clases inferiores. Las élites culturales progresistas (y económicamente acomodadas) de los 60 difundieron masivamente unos criterios morales que iban a destrozar la vida familiar de los más pobres: “It was the Haves, the cultural elites in the 1960s, who legitimized and glamorized the counterculture, which dislocated their own lives only temporarily but had a disastrous effect on those less fortunate than themselves. In disparaging the Puritan ethic, the counterculture undermined those virtues that might better have served the poor” (HIMMELFARB, G., op. cit., p. 26).

Tomado de INFOCATOLICA