martes, 18 de septiembre de 2012

"Una cosa de falta...". Diálogo Provocador con un Joven insatisfecho

Obispo: ¿Qué buscas? ¿A qué aspiras en tu vida?
Joven: Yo quiero ser feliz.

O.: Es un buen deseo. ¿Qué haces para conseguirlo?
J.: Estudio en la universidad. Quiero asegurarme un buen futuro profesional.

O.: Lo tienes muy fácil. Cuando acabes la carrera serás feliz.
J.: Si logro encontrar trabajo.

O.: ¡Ah! Entonces, tu felicidad futura ¿no está en tus manos?
J.: ¡Claro!. Y eso es lo que me preocupa. Muchos años de esfuerzo para ir tal vez al paro o ejercer un trabajo que no me gusta.

O.: Hay muchos jóvenes graduados que están en esa situación.
J.: Y están decepcionados, inseguros de su futuro, sin saber qué hacer.

O.: ¿Tu crees que pueden ser felices?
J.: No lo sé. Del todo, no. A medias tal vez.

O.: Tienes una familia que te quiere y te da lo que necesitas; no te falta de nada. Tienes salud, eres físicamente agraciado, te lo pasas bien con tus amigos y amigas. Debes sentirte feliz.
J.: Bueno, no siempre. Yo quiero ser autónomo y mis padres me ponen límites y me exigen responsabilidad.

O.: Será porque quieren lo mejor para ti.
J.: Sí, pero me fastidia que me den normas y me digan lo que tengo que hacer. Ya soy mayor de edad. No quiero depender de nadie.

O.: Pero haces lo que programan tus amigos o lo que le gusta a tu chica, o lo que está de moda.
J.: Sí, porque me proponen lo que saben que me gusta y me apetece.

O.: Pero vas a clase y estudias también cuando no tienes ganas.
J.: Porque hay que aprobar y sacar la carrera. Hay mucha competencia y es necesario tener buen expediente académico.

O.: Estoy seguro que además disfrutas aprendiendo y cumpliendo con tu deber.
J.: Sí, muchas veces, aunque no siempre.

O.: Y seguro que te sientes bien cuando ves el fruto de tu esfuerzo.
J.: Por supuesto.

O.: Y cuando haces felices a tus padres, aunque en principio te fastidie; o cuando compartes tus cosas con tus hermanos, ayudas a tus amigos o eres útil a los demás..
J.: Sí, claro.

O.: Veo que no eres tan egoísta como parecías al principio. Te preocupa la injusticia, el hambre en el mundo, las guerras, la violación de los derechos humanos, la corrupción en la política, la pérdida del estado de bienestar, la situación de los parados, etc.
J.: Sí, y me siento solidario con ellos. Pero no sé que hacer para ayudarlos. Alguna vez he hecho de voluntario en una obra social, pero sólo durante un tiempo.

O.: ¿Y te sentiste feliz al hacerlo?
J.: Sí, bastante.

O.: ¿Por qué no seguiste colaborando?
J.: Porque tenía que estudiar y no me daba tiempo. Además, también necesito hacer otras cosas, como estudiar idiomas. Y quiero también ganar algo en el verano para mis gastos extra y tener un tiempo libre para lo que me gusta hacer.

O.: Perdona, que insista. Si te sientes feliz haciendo una cosa buena, ¿por qué no la haces siempre?
J.: Me parece que no lo sé. Pero no estoy seguro de que me haga siempre feliz lo que me hace sentirme a gusto durante un tiempo. Las circunstancias pueden cambiar y también los gustos. No puedo asegurar lo que me va a apetecer hacer mañana.

O.: Pero te gustaría portarte siempre bien con los demás y que te tengan por buena persona.
J.: Sí, claro está; pero es muy difícil distinguir lo que es conveniente en cada momento, lo que uno tiene derecho a buscar para uno mismo y lo que debe hacer por los demás; cuándo eres bueno y cuándo haces el tonto y abusan de ti.

O.: Veo que, en el fondo, tienes buenos criterios éticos.
J.: En mi familia me han inculcado la enseñanza de Jesús sobre el amor al prójimo y los demás mandamientos.

O.: ¿Has seguido esta enseñanza?
J.: A veces sí y a veces no. Y hay mandamientos que no acabo de entender del todo, ni tengo fuerzas para cumplirlos.

O.: ¿Te consideras católico?
J.: Sí, pero poco practicante, aunque pertenezco a una cofradía de Semana Santa. Algunas cosas de la Iglesia me gustan y otras no.

O.: ¿Te parece que la religión es cuestión de gustos?
J.: Sí, tiene que ser libre; a nadie se le puede obligar.

O.: Tienes razón; la fe se propone y no se impone. Pero tú sabes que hay cosas que no gustan de momento y son buenas y necesarias. ¿No te parece que la cuestión es conocer la verdad?
J.: La verdad es relativa, cada uno tiene la suya.

O.: La ley de la gravedad es una verdad común a todos.
J.: Sí, pero eso es una ley física, que se comprueba por la ciencia.

O.: ¿Te has detenido alguna vez a examinar los efectos distintos que produce en la vida de las personas y de la sociedad el amor y el odio, la solidaridad y el egoísmo, la justicia y la injusticia, el dominio de sí y el instinto de placer, la información veraz y la falsa, la fidelidad a la palabra dada y la estrategia, la verdad y la mentira, etc.?
J.: Bueno, bueno, no me quiera comer el coco, que le veo venir. Ya va a decirme que la Iglesia tiene la verdad.

O.: No te lo voy a decir. Sólo quiero invitarte a buscar por ti mismo, con tu cabeza y tu corazón, y a ser sincero contigo mismo y discernir en tu vida lo que te hace sentirte en paz y lo que te deja insatisfecho.
J.: Reconozco que tengo muchos motivos de insatisfacción, por lo que veo en la sociedad y por lo que yo no soy capaz de hacer, aunque me gustaría hacerlo.

O.: Lo que te hace sentirte en paz y satisfecho siempre que lo haces, ¿no será la verdad que te cuesta trabajo reconocer y seguir? ¿No será lo bueno que, en el fondo, quieres poner en práctica?
J.: Todavía no lo he descubierto con claridad. Tengo mucho tiempo por delante para ello. Ahora soy muy joven y...

O.: No me dirás que prefieres seguir insatisfecho, o buscando sólo satisfacciones de repuesto diario.
J.: Tampoco es eso, pero soy un joven de hoy; y, ya sabe, el ambiente me influye. No tengo todo tan claro como para ser distinto, actuar contra corriente y ser señalado como un bicho raro. Tengo tiempo para ir viendo qué pasa.

O.: Ya comprendo. Mientras tanto, para que veas más claro lo que te pasa, te aconsejo tener en cuenta la invitación de Jesús a dos jóvenes inquietos que le preguntaban donde vivía: “Venid y lo veréis. Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día” (Jn 1, 39). Y así descubrieron y anunciaron: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 41).
J.: Me está diciendo que tengo que leer más el Evangelio.

O.: Tú lo has dicho. Si empiezas a estar con Jesús, podrás llegar un día a comprender su llamada a un joven insatisfecho, que aspiraba a más, pero estaba muy atado a sus riquezas. Jesús le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme” (Mc 10, 21).
J.: ¿Cómo respondió aquel joven?

O.: Lo mismo que tú ahora. Dando largas y marchándose triste e insatisfecho por no ser capaz de ser totalmente libre. Como ves, la historia se repite. Pero Jesús puede reiterar la llamada. Y ni tú ni yo sabemos ahora, lo que vas a ser capaz de responder mañana.

+ Carlos López Hernández,
Obispo de Salamanca.