sábado, 6 de octubre de 2012

Doctores de la Iglesia: el por qué y el para qué – editorial Revista Ecclesia

A lo largo de los veinte siglos de historia de la Iglesia, tan solo ya treinta y cinco santos han sido proclamados doctores de la Iglesia. Sumidos en la vorágine de la crisis económica que no cesa y ante determinados hiperactivismos pastorales, por un lado, y, por otro, de determinadas inercias próximas a la modorra y al conformismo, Benedicto XVI nos vuelve a proponer el sentido y la referencia, el por qué y el para qué en suma, de los doctores de la Iglesia.

Fue el pasado día de Pentecostés, 27 de mayo, cuando el Papa anunció la fecha de la proclamación del doctorado de la Iglesia para Santa Hildegarda de Bingen y San Juan de Ávila. Consciente de la lejanía de ambos en el tiempo, Benedicto XVI quiso subrayar que «la santidad de la vida y la profundidad de la doctrina los hacen perennemente actuales… La gracia del Espíritu Santo los proyectó hacia esa experiencia de penetrante comprensión de la revelación divina y de diálogo inteligente con el mundo que constituyen el horizonte permanente de la vida y de la acción de la Iglesia». Y añadió: «Sobre todo a la luz del proyecto de una nueva evangelización a la que se dedicará la Asamblea del Sínodo de los Obispos, y en la víspera del Año de la Fe, estas dos figuras de santos y doctores son de gran importancia y actualidad. También en nuestros días, a través de su enseñanza, el Espíritu del Señor resucitado sigue haciendo resonar su voz e iluminando el camino que conduce a la única Verdad que puede hacernos libres y dar pleno sentido a nuestra vida».

El pasado 21 de junio la CEE presentó su instrucción titulada San Juan de Ávila, un doctor para la nueva evangelización (Ecclesia, nº 3.630). Y es que si la nueva evangelización pretende reanimar la vida cristiana de creyentes y de alejados y difundir con nuevo ardor, nuevos métodos y nuevas expresiones el Evangelio de Jesucristo, en pleno y convulso siglo xvi, Juan de Ávila no solo no fue ajeno a este mismo propósito, sino que se convirtió en un ardiente apóstol del mismo con su vida ejemplar y su luminosa doctrina.

La pasada semana participaba el cardenal Rouco, presidente de la CEE, en la asamblea plenaria del Consejo de Conferencias Episcopales de Europa (CCEE). La reunión tenía lugar en la sede del organismo, en la ciudad suiza de San Gallo. En un encuentro con la prensa, el purpurado fue preguntado por un periodista por el sentido y «utilidad» de proclamar doctor hoy, en pleno siglo xxi y en medio de la crisis, a un santo –en el caso de San Juan de Ávila– del siglo xvi. El presidente de la CEE, tras insistir en la raíz y causas morales de la actual crisis, no dudó en su respuesta. «La misma utilidad de siempre, y si seguimos el camino de San Juan de Ávila de renovación espiritual, de renovación interior, de oración profunda, de conexión clara con la gran experiencia cristiana de lo místico», se saldrá antes y mejor de la crisis. «En el siglo xvi –recordó monseñor Rouco–, que es un siglo de concilio, de renovación, de reforma ante una crisis europea muy grave, en que Europa se rompió política, espiritual y eclesialmente. Y en ese contexto hubo figuras que dentro de esa historia estaban alimentando los surcos del espíritu y una de ellas era San Juan de Ávila».

Doctor de la Iglesia es el título que el Papa otorga oficialmente a ciertos santos para reconocerlos como eminentes maestros de la fe para los fieles de todos los tiempos. Los doctores de la Iglesia han ejercido y ejercen una influencia especial y fecunda en el desarrollo del cristianismo. Un doctor de la Iglesia ha de ser un santo. Ha de haber gozado de un particular carisma de sabiduría, en sus escritos y predicaciones, calificadas de doctrina eminente. Un doctor de la Iglesia es, pues, quien ha estudiado y contemplado con singular clarividencia los misterios más profundos de la fe y es capaz de exponerlos a los fieles como guía en su formación y en su vida.

¿Y podrá alguien pensar que no necesita de todo esto nuestra Iglesia y nuestra humanidad? Bienvenido sea este kairós del doctorado para Santa Hildegarda de Bingen y San Juan de Ávila, doctores, pues, para la nueva evangelización.