viernes, 2 de noviembre de 2012

La creencia cristiana de la vida eterna

La Iglesia católica celebra las fiestas de Todos los Santos en el día primero del mes noviembre para venerar y homenajear a los bienaventurados del Sermón de la Montaña, y la de Todos Fieles Difuntos en el día dos de este mismo mes para recordar a nuestros queridos difuntos orando por ellos y depositando nuestras flores sobre sus sepulcros y tumbas de nuestros cementerios como signos de nuestro amor y gratitud hacia ellos. Fueron introducidas en la liturgia cristiana romana por la célebre abadía benedictina francesa de Cluny que tantas glorias dio la a Cristiandad.

Pues bien, dichos dias me traen a mi memoria los versos de Gustavo Adolfo Bécquer: “¿Vuelve el polvo al polvo?, ¿vuela el alma al cielo?, ¿todo es vil materia, podredumbre y cieno?.¡No lo sé, pero hay algo que explicar no puedo, que a la par que nos infunde repugnancia y miedo, al dejar tan tristes, tan solos, los muertos!”. A estas preguntas de Bécquer quiero responder con unas sencillas consideraciones acerca del tiempo y la eternidad, de la brevedad y fugacidad de esta vida terrena, y de la resurrección de los muertos y de una vida eterna más allá de la muerte.

El tiempo y el espacio realmente no existen, son entes de razón con fundamento en la realidad de la vida. Concretamente, el tiempo es lo que duran nuestras vidas y cosas teniendo un principio y un fin en este mundo, y el espacio es el lugar que ocupan. La eternidad es la duración infinita de la vida, que puede ser de dos formas, una que no tiene principio ni fin, como es la vida de Dios, y otra que tiene principio pero que no tienen fin como son los seres humanos según la creencia cristiana.

La brevedad y fugacidad de la vida humana en este mundo me trae a mi memoria las coplas que Jorge Manrique escribió en el siglo XV con ocasión de la muerte de su padre, el maestre de la orden religiosa y militar de Santiago: “Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando cómo se pasa la vida, como se viene la muerte tan callando; cuan presto se va el placer y cómo después de recordado da dolor, y como a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor. Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir. Partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos y llegamos al tiempo que fenecemos, así que cuando morimos descansamos”.

Ciertamente, nuestra vida humana de placeres y dolores, de amores y odios en este mundo es corta, por muchos años que uno viva, pasando fugazmente como los ríos que nacen, crecen, discurre por su cauce y mueren en la inmensidad del mar. Nuestra pregunta es: ¿Nacemos y morimos en la inmensidad del cosmos como el río que nace y muere en la inmensidad del mar?, o bien ¿nacemos y morimos para resucitar a una vida personal y eterna tras nuestra muerte temporal?

Veamos lo que nos dice la Biblia y lo que nos enseña la Iglesia al respeto. El Viejo Testamento habla de la resurrección de los muertos para una vida eterna. Concretamente, Job dice: “Yo se que vive mi Redentor, y que yo he de resucitar de la tierra el último día, y de nuevo he ser revestido de esta piel mía y en mi carne veré a mi Dios” (Job, 19, 23-27). Los profetas Daniel (12, 2), Ezequiel (37,1 y sigs,) y los Macabeos (II, 7,1-14) manifiestan la creencia de la resurrección de los muertos para la vida eterna.

El Evangelio de san Juan expresa en palabras de Jesús: “Como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así, el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna. Llegará la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán mi voz. Saldrán los que han hecho el bien para una resurrección de vida y los que han hecho el mal para una resurrección de juicio” (Jn.5, 21-28). Con ocasión de la muerte de Lázaro, le dice a su hermana, Marta, que lloraba desconsolada: “Yo soy la resurrección y la vida, aquel que crea en mí, aunque haya muerto vivirá” (Jn 11, 25).

San Pablo manifiesta: “No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los demás sin esperanza, pues si creemos que Jesús murió, así también Dios tomará consigo a los que murieron en él. Pues el Señor, a una orden del cielo, a la voz del arcángel y al sonido de la trompeta de Dios, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero, y después nosotros los que aun vivan seremos arrebatados en las nubes al encuentro con Dios en los aires, y allí estaremos siempre con el Señor” (Tsln.4, 13-18).

La Iglesia en sus Credos afirma: “Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna”, y en el prefacio de difuntos enseña: “La vida de los que creen, Señor, no termina, se transforma”. De este modo, San Agustín de Hipona escribe: “Señor, nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.”

¡Jesús, como san Pedro te decimos: “¿Señor, a dónde vamos a ir, si Tú tienes palabras de vida eterna”, que garantizan la resurrección de los muertos a una vida eterna!

José Barros Guede. A Coruña, 30 de octubre del 2012.