miércoles, 12 de diciembre de 2012

Las sorprendentes vinculaciones católicas de la ceremonia del té

Desde que llegaron a Japón en 1549 de la mano de San Francisco Javier (1506-1552), los jesuitas se enamoraron del té y de su particular ritual.

Una ceremonia educativa
El padre Joao Rodrigues (1561-1633), portugués, escribió una História da Igreja no Japao [Historia de la Iglesia en el Japón] donde hace una cuidada y precisa descripción de la ceremonia del té, elogiando sus beneficios sociales, espirituales y para la salud, porque mejoraba la digestión y abría la mente a consideraciones más elevadas: la meditación, la simplicidad, la belleza, el amor a la naturaleza y la valoración del momento presente, y por supuesto la pureza de espíritu y "la cortesía, las buenas maneras y la moderación en los actos".

Karen Anderson, profesora de historia del arte en la Academia Montfort de Katonah (Nueva York), explica estas virtudes en un artículo publicado en Crisis Magazine donde además señala las razones de ese aprecio de los primeros misioneros en tierras nipones por tan arraigada ceremonia. Entre otras, sus semejanzas ceremoniales con la misa.

Señala, en efecto, el silencio en que transcurre, ritos como el lavatorio de manos, las inclinaciones, el estar arrodillados, incluso la elevación del té al modo en que se hace en la liturgia católica con el Cuerpo de Cristo.

El gran maestro, entre católicos

Además, el considerado gran maestro de la ceremonia del té, Sen no Rikyu (1522-1591), fundador de sus tres principales escuelas, estaba casado con una mujer que se convirtió al catolicismo, y que tres -algunos historiadores dicen que cinco- de sus siete discípulos eran católicos. Él mismo asistió en Kyoto a una misa y quedó "profundamente impresionado" por lo que vio.

La profesora Anderson sugiere que las diferencias que surgieron entre Sen no Rikyu y el soberano nipón Toyotomi Hideyoshi (1537-1598) pudieron ser debidas a las semejanzas que éste encontraba entre la teología cristiana y los principios filosóficos que impulsaban al maestro en el perfeccionamiento del rito, empezando por la igualdad que establecía entre todos los participantes en él. Finalmente, Hideyoshi ordenó a Sen no Rikyu que se hiciese un seppuku, muriendo así en un suicidio ritual al que se consideró obligado por lealtad al emperador.

Seis años después, en 1597, Hideyoshi ordenó la crucifixión de los célebres 26 mártires de Nagasaki, dando inicio a dos siglos de severa persecución contra la Iglesia.

Casas de té a modo de iglesias
Las casas de té fueron uno de los refugios preferidos de los cristianos ocultos, llamados kakure kirishitan. En ellas se celebraban misas clandestinas, y Anderson explica que, vistas al trasluz de las mamparas que protegen la ceremonia de té, las sombras podrían hacer indistinguible a ojos de un observador poco avisado la liturgia católica del culto a la preciada infusión. Algunas de las linternas que adornan las casas de té llevan de hecho inscritas en su parte enterrada, no visible, el anagrama de Jesucristo en griego (IHS) o imágenes de la Virgen María.

Así que quien quiera celebrar este 3 de diciembre la festividad de San Francisco Javier, puede hacerlo con un té vespertino, siguiendo una tradición que contribuyó a salvar el culto divino en Japón hasta el retorno de los misioneros casi a finales del siglo XIX.