martes, 22 de enero de 2013

Cartas desde la fe (I): Sobre el arte de vivir

El día 11 del pasado mes de octubre, el actual Papa, Benedicto XVI, ponía en marcha el Año de la Fe, anunciado por él mismo con dilatada antelación, un año antes. 

Se trata de un hecho trascendental para la vida de la Iglesia y para nosotros, los católicos. Por este motivo he creído oportuno ofrecer una serie de reflexiones en torno a la fe, cuestión prioritaria y decisiva en la vida de cada persona, sea o no creyente, practique más o menos, mejor o peor. 

Es mi propósito escribir de manera llana y directa, con la mayor cercanía que pueda darse en este medio, que no podrá ser mucha, ya que el medio no permite una relación mayor. Por ello me ha parecido conveniente acudir a un formato que goza de larga tradición en la literatura cristiana: la carta. Nada original, como puede verse, pero no se busca originalidad sino que lo que se dice pueda ser eficaz, que sirva, que te sirva a ti, que te haga bien, lector a quien me dirijo.

Este Año de la Fe no tiene un destinatario único porque está pensado para todo el mundo. Es un toque de campana abierto a todos, un ofrecimiento que la Iglesia hace a quien quiera escucharla, a creyentes y a no creyentes, a sacerdotes y a laicos, a religiosos y seglares, a jóvenes y a mayores, a quienes practican y a quienes no lo hacen... pero especialmente -muy especialmente- a bautizados que por el motivo que sea tienen la fe aparcada, o poco trabajada, o miran estas cosas con lejanía, quizás con un punto de recelo o de desconfianza. ¿Tú tienes tu fe aparcada? ¿Crees? ¿Crees con escaso convencimiento? ¿Crees pero no practicas? ¿Te ves lejos de todo esto?

Ahora, antes de empezar, quiero dejar constancia de un dato que me parece que puede tener su interés a la hora de redactar la carta. Me muevo en el campo de la enseñanza y por eso el contenido de estas cartas tendrá un sesgo educativo.

Carta I. Sobre el arte de vivir

Querido lector:

Tengo que empezar diciéndote que he pensado en el contenido de esta carta mucho antes de saber que iba a escribirte, porque la decisión de escribirte es muy reciente y en cambio lo que te voy a comentar viene rondando por mi cabeza desde hace meses. Por obligaciones personales, en los primeros días del verano pasado me vi en la necesidad de releer el texto de una conferencia dada por el Papa cuando aún no lo era, en diciembre del año 2000, sobre el tema de la nueva evangelización en un encuentro que tuvo con catequistas y profesores de religión en Roma.
Cuando tuve oportunidad de leer el texto de esa conferencia, me pareció que era certero y brillante y me lo sigue pareciendo hoy con la misma intensidad. Lo traigo a colación porque entiendo que es muy actual y que proyecta mucha luz para este tema de la fe. En el primer párrafo de esa conferencia el entonces cardenal Ratzinger dice y se pregunta lo siguiente:

“La vida humana no se realiza por sí misma. Nuestra vida es una cuestión abierta, un proyecto incompleto, que es preciso seguir realizando. La pregunta fundamental de todo hombre es: ¿Cómo se lleva a cabo este proyecto de realización del hombre? ¿Cómo se aprende el arte de vivir? ¿Cuál es el camino que lleva a la felicidad?”.

Y un poco más adelante sigue diciendo:

“La pobreza más profunda es la incapacidad de alegría, el tedio de la vida considerada absurda y contradictoria. Esta pobreza se halla hoy muy extendida, con formas muy diversas, tanto en las sociedades materialmente ricas como en los países pobres. La incapacidad de alegría supone y produce la incapacidad de amar, produce la envidia, la avaricia.... todos los vicios que arruinan la vida de las personas y el mundo. Por eso, hace falta una nueva evangelización. Si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás ya no funciona”. 

Yo no sé cómo es la realidad en la que te mueves; no sé cómo ves tú las cosas, ni sé si coincidirás conmigo, pero yo observo que hay una cantidad grande de personas que carecen de esa alegría de la que habla el Papa. Yo veo que la mayor parte de nosotros reímos poco, como se debe reír, abiertamente, con risa franca y transparente. Me parece a mí que muchos o no reímos o reímos un poco artificiosamente y esto me hace pensar que un número abultado de gente como tú y como yo lo está pasando mal, muy mal. Y no me refiero solo a los aspectos económicos de esta crisis generalizada; las cuestiones económicas son consecuencia de otra crisis más profunda, a la que ponemos nombres biensonantes (crisis de valores, por ejemplo) pero que, en definitiva, es crisis de fe. Pienso en matrimonios rotos o con muchas dificultades de convivencia, en padres muy inseguros con sus hijos, pienso también en hijos muy desorientados por falta de referencias, en abusos e injusticias que tienen mil caras... Y veo que hay mucha gente que sufre mucho por dentro aunque por fuera ofrezca buena imagen.

Me atrevo a suponer que muy a menudo presentamos mejor cara de la que corresponde con la vida que llevamos, la que encontramos cuando nos miramos hacia adentro, a poco sinceros que seamos. Yo comprendo perfectamente que queramos maquillar nuestras zonas de sombra, ahora bien, el maquillaje tapa pero no arregla. El maquillaje solo disimula, y está bien que lo haga porque ya es bastante duro vivir con desconchones como para encima dejarlos ver. Pero el maquillaje no es solución, sirve para salir del paso, es efímero, dura unas horas y luego, quieras que no, hay que desmaquillarse y acabas encontrándote contigo mismo.

No hablo de sufrimientos inevitables, circunstanciales o sobrevenidos, sin poder hacer nada en contra, sino de los que son evitables, esos que son consecuencia de no haber aprendido el “arte de vivir”. Y “si se desconoce el arte de vivir, todo lo demás ya no funciona”. Tampoco está la cosa en culpar ni en culparse. La acusación es un ejercicio que ahora no me interesa lo más mínimo, y no sé si me interesará en algún momento, porque en general me parece bastante inútil. Lo que pretendo es hacerte caer en la cuenta de que se puede saber vivir bien, de que esa gran pobreza de la que habla el Papa, “la pobreza más profunda” tiene arreglo, un arreglo mucho más fácil de lo que cabría suponer. Es la fe, la vida de fe. La vida de fe desemboca en el arte de vivir, y si el arte de vivir se aprende bien, entonces, todo lo demás funciona. Así de simple y así de cierto. Fíjate si tiene que ver esto con la educación. Nosotros, los adultos, debemos ser los que enseñemos el arte de vivir a los niños y a los jóvenes. No tenemos nada mejor que ofrecerles. Ahora bien, debemos preguntarnos si sabemos. ¿Conocemos el arte de vivir? ¿Estamos en condiciones de enseñarlo? ¿Destilamos alegría, buen humor, ganas de vivir? ¿De qué podemos convencer? La pregunta solo tiene una respuesta: Podemos convencer de aquello que estemos convencidos; más no podemos, menos no debemos. Nosotros dependemos de nosotros y ellos también dependen de nosotros.

Ahora quisiera volver sobre esa batería de preguntas que quedaron en el aire, sin comentar, antes de empezar la carta propiamente dicha: ¿Tú tienes tu fe aparcada? ¿Crees? ¿Crees con escaso convencimiento? ¿Crees pero no practicas? ¿Te ves lejos de todo esto? Si vuelves al principio verás que las puse en el supuesto de que seas persona que te ves a distancia. Bueno, mira, lo de alejado o no alejado, mucho o poco, son categorías nuestras que sirven para referirnos a las prácticas religiosas, pero respecto de Dios no cuentan. Dios nos tiene tomada la medida pero esa medida no se expresa en centímetros ni en kilómetros, sino en arranques de corazón de padre. La verdad es que tú y yo, y cualquiera, estamos mucho más cerca del corazón de Dios Padre de lo que podamos imaginar. “¿Puede una madre olvidarse del hijo de sus entrañas? Pues aunque una madre se olvidara, yo nunca podría olvidarme de ti”. Son palabras tomadas de la Sagrada Escritura (Isaías 49, 15).

Ya creo que debo ir cerrando. Por si acaso le das vueltas a algo de lo que te he escrito y te preguntaras por dónde debes empezar a cocinar todo esto, se me ocurre algo muy sencillo: Aprovecha las circunstancias que estés viviendo y que te puedan venir bien en esta línea. Por ejemplo, ¿eres padre o madre de un niño en edad escolar? Habla con él de esto. Sácale estos temas. Con muchísima frecuencia Dios quiere convertir el corazón de los padres a los hijos por medio de los propios hijos. ¿Eres hijo? Habla con tus padres. Porque ocurre lo mismo pero en sentido contrario: Dios quiere convertir el corazón de los hijos a los padres por medio de los padres. ¿No eres ni padre ni hijo, o, siéndolo, no ves claro eso de hablar con los tuyos? Pregunta por otro sitio; eso sí, habla con alguien. Merece la pena.

Hasta la próxima. En ella hablaremos de la fe, si Dios quiere.

Ánimo, mucho ánimo. Con mis mejores deseos.

Estanislao Martín Rincón