miércoles, 23 de enero de 2013

Cartas desde la fe (II): Sobre el valor de la fe y la existencia de Dios

Querido lector:

Tiendo a pensar que muchos de nosotros, siendo creyentes, no acabamos de enganchar con la fe de nuestro Bautismo porque -tal vez en el fondo- puede que la veamos como cosa poco práctica, como un asunto alejado de lo que de verdad nos interesa. Quien más, quien menos, se aplica a sus quehaceres para sacar su vida y la de los suyos adelante, pensando que le basta con las fuerzas y las luces de que dispone. Tenemos experiencia de que si uno calcula, actúa y trabaja con sensatez los resultados son buenos y, si comete errores, los paga con consecuencias negativas. El esquema es sencillo y se repite una y otra vez, es decir, funciona.

Desde este planteamiento, como en él hay un punto de verdad (solo un punto), la fe corre el riesgo de aparecer como algo innecesario o bien como un añadido, como un plus piadoso. Mi vida depende de mi saber hacer y la tuya del tuyo; si luego tenemos o no tenemos fe viene a ser como quien tiene o no tiene una afición; si la tiene está bien, pero se puede pasar sin ella, en la práctica poco importa. Esto lleva a mirar el tema de Dios desde la lejanía, al menos desde la distancia. El tema de Dios, aun creyendo en Él (algo debe haber, oímos decir tantas veces) se dibuja tantas veces en lontananza, como si estuviera en el horizonte, mejor aún, como si fuera el horizonte mismo, que es algo que está sin estar realmente en ningún sitio. De este modo pasan los días, pasan los años (¿diez?, ¿veinte?, ¿cuarenta?) y el horizonte sigue donde siempre, existente pero sin traducción práctica, o sea inane.

¿Para qué sirve la fe, si es que sirve para algo?

Te confieso que según iba escribiendo la pregunta se me agolpaban las posibles respuestas. Espero que en próximas cartas pueda ensayar alguna de esas respuestas, porque hay bastantes, por hoy me quedo solo con esta: La fe, o la falta de ella, sirve para situarnos en la vida. La fe nos ubica. Permíteme un ejemplo. Todos los espectadores de cualquier espectáculo ven el mismo espectáculo, supongamos una película. Todos ven la misma y única película que se proyecta, pero cada uno la ve según la perspectiva que le da su butaca. Pues bien la fe es el acomodador. La fe nos sitúa en la película que nos toca vivir, que, por otra parte, es nuestra propia vida. El ejemplo puede valer siempre que entendamos que el acomodador, el espectador y el actor coinciden en la misma persona: cada uno de nosotros mismos.

¿Que para qué sirve la fe? Si nos entendemos como espectadores, para tener un ángulo de visión de la película de nuestra vida, para verlo todo según la ubicación que tengamos. Todo es todo: el matrimonio, los hijos, su educación, el trabajo, el empleo del tiempo, el dinero, Dios, el mundo, la sociedad, la política... Si me entiendo como actor, como protagonista, la fe me sirve para desempeñar el papel que me ha tocado de acuerdo con el guión que me proporciona la propia fe. El papel que me toca desempeñar es el mismo, con fe o sin fe (ser padre o madre, profesional, esposo, amigo, empleado, etc.), pero el guión lo elige cada cual.

Tradicionalmente se ha hablado de la fe como una luz para el entendimiento. La fe es luz que ilumina la realidad y el entendimiento, ambas cosas. La fe no es la realidad ni tampoco crea la realidad, sino que la ilumina, hace verla tal cual es, y con el entendimiento pasa algo parecido. La fe no es el entendimiento, pero sí ilumina al entendimiento, de modo que las cosas no se ven igual con fe que sin fe. ¿Y qué más da verlas con fe o sin fe?, se puede preguntar alguien. Querido lector, no da igual, de verdad que no da igual. Ver las cosas desde la fe es verlas como las ve Dios, es decir, como son. La realidad no es como la vemos tú o yo o cualquier otro, porque cada uno la vemos con nuestros propios ojos, o sea desde nuestra subjetividad, siempre propensa a errar; la realidad es como Dios la ve. El entendimiento es una capacidad autónoma y funciona con fe o sin fe, pero necesita luz para ver y la luz de la fe se nos da en el Bautismo y luego se mantiene o no se mantiene, se acrecienta o se deja apagar. Con una inmensa ventaja, y es que en el tema de la fe siempre estamos en camino, siempre estamos a tiempo, siempre se puede recuperar si se ha perdido y siempre se puede perder si no se cuida. Con eso pasa como con la respiración o con el alimento, nadie puede decir que ya está respirado o nutrido, hay que seguir respirando por necesidad y hay que seguir comiendo.

Sigo con el ejemplo del espectador. Cada butaca tiene un lugar único, ciertamente, pero para poder organizarnos, vamos a agruparlas en unos cuantos sectores. Distingo tres posibilidades de estar situados ante la fe:

Primer grupo. Los que niegan a Dios: Ateos.

El ateísmo es una opción que toman algunas personas, ciertamente muy pocas, pero las hay y hay cada vez más, aumentando el número entre los jóvenes. En este caso poco tengo que decir. Me limitaré a señalar que el ateísmo, como la fe, no es el final al que se llega por el camino de la razón, sino el principio del cual la razón parte. Nadie llega a ser ateo después de un proceso de razonamiento porque no hay argumentos racionales serios para negar a Dios. (Solo hay uno que lo parece, pero no lo es y reside en el problema del mal en el mundo). Es decir, uno no niega a Dios después de haberse convencido por su razón de que Dios no existe. No es así la cosa, sino al revés: Uno se plantea el tema de Dios y decide rechazarlo, y una vez rechazado, busca argumentos con los que justificar una opción que se debe a su voluntad, no a su razón.

Tal vez hayas oído decir que la fe es un don que se recibe, un regalo que se nos hace con el Bautismo y se afianza con la Confirmación y con los demás sacramentos. Así es, pero se trata de un don que se propone, y una vez propuesto, se recibe o no, se acepta o se rechaza, se le incorpora a la vida personal o se le relega. Por este motivo, aun siendo verdad que es un regalo, también es verdad que el que cree, cree porque quiere creer y el que no cree, no cree porque quiere no creer. Se trata de una opción voluntaria, íntima, personal, que nadie puede hacer por mí.

Ahora déjame que te diga algo sobre los argumentos sobre la fe. Los argumentos más sólidos de que disponemos sobre la existencia de Dios en la tradición cristiana son los que se conocen como las cinco vías de Santo Tomás de Aquino, pero para quien se resiste a creer, estos argumentos no sirven. A mí particularmente me parece que para algunas personas tal vez pueda ser más convincente el de Pascal, el gran físico francés del siglo XVII. Está menos elaborado que las cinco vías de Sto. Tomás, pero es más directo y más incisivo. Se le conoce como el “argumento de la apuesta” y no se dirige tanto a la razón teórica cuanto a la razón práctica. Resumido dice así:

Ante la existencia de Dios hay que apostar a cara o cruz: sí existe o no existe. Si apuestas porque existe no pierdes nada y puedes ganarlo todo (la vida eterna); si apuestas porque no existe, no tienes nada que ganar y puedes perderlo todo. Merece la pena apostar por la existencia.

¿Y no me puedo mantener sin apostar? Respuesta: No, porque estás vivo y quieras o no quieras tendrás que enfrentarte a la muerte, es decir, tendrás que enfrentarte con la existencia o no existencia de Dios.

Segundo grupo. Los que ni afirman ni niegan la existencia de Dios: Agnósticos.

Perdóname lector si ahora digo algo que pueda parecer una salida de tono, algo incorrecto. No es mi intención serlo ni parecerlo, pero en relación con el agnosticismo, si queremos llamar a las cosas por su nombre, y para ser fieles a las palabras, hay que decir que todo el que se define agnóstico debe saber que se está definiendo a sí mismo como ignorante. Literalmente y según su etimología agnóstico significa “el que no sabe o no conoce”.

Al mismo tiempo, y de inmediato, hay que señalar que el grupo de los agnósticos no es homogéneo. Hay agnósticos que están en el agnosticismo con rectitud de intención, porque se hallan en proceso de búsqueda y aún no les ha llegado la luz de la fe y hay otros que bajo el mismo nombre de agnósticos, en realidad están profesando un ateísmo práctico. La diferencia es muy grande. Los primeros están en el agnosticismo sin querer estar, los segundos sin querer salir. Aquellos en situación de búsqueda activa, estos de estancamiento pasivo. Los primeros acaban creyendo, los segundos negando.

Ser agnóstico apareció entre nosotros a nivel popular hace más o menos una generación, se abrió paso con fuerza y ha ido ganando adeptos hasta hace muy poco tiempo en que se ha estancado. Al menos esto es lo que dicen los últimos estudios sociológicos sobre la fe de los españoles. Lo que dicen las estadísticas no deja de tener su valor, pero el crédito que merecen siempre es relativo, porque los datos que ofrecen se obtienen desde las respuestas que unos cuantos dan sobre sí mismos (los que han querido responder al ser preguntados). Y ser agnóstico ha estado de moda hasta hace nada y aún lo está para muchos; ha sido la respuesta que más se llevaba, la más lucida, la que se esperaba que diéramos al ser preguntados, la menos comprometida, la “correcta”.

¿Has caído en la cuenta de que ser agnóstico es pretender una especie de neutralidad imposible, estar en tierra de nadie, un ser sin ser, en definitiva? Hay un principio en filosofía que para este caso viene pintiparado. Tiene un nombre un poco raro para nuestro lenguaje actual, pero merece la pena traerlo a lo que nos ocupa. Se llama el principio del tercio excluido, y su fórmula exacta es ésta: Entre el ser y el no ser no hay término medio. Pues llevado al tema que nos ocupa, se puede parafrasear diciendo que entre el creer y el no creer no hay término medio.

Tercer grupo: Los que afirman a Dios (creyentes).

Es el grupo más grande y el que admite más subdivisiones. En principio, tantas como religiones. Dentro del mundo católico, que es el tradicional y el mayoritario entre nosotros, podemos hacer tres: los creyentes no practicantes, los practicantes poco convencidos y los convencidos. Pero esto tendremos que aparcarlo para otra ocasión porque hoy ya solo me resta ir cerrando esta carta.

Para terminar, quiero volver a la pregunta inicial con el fin de responderla desde la perspectiva de la educación. Si nos preguntamos para qué sirve la fe, en relación con la educación, la respuesta es la siguiente: La fe nos sirve para educar. A ti, padre o madre, para que puedas educar a tu hijo; a mí, maestro, para hacer lo propio con mis alumnos. Esto tiene su miga y para explicarlo hay que tomarse un tiempo y un espacio con el que hoy ya no cuento, espero poder hacerlo en el siguiente número. Hasta entonces te dejo, a modo de primicia, con la idea principal que me gustaría desarrollar en la próxima carta. La idea es esta: La educación es obra de la gracia. No podemos educar sin la fe porque la educación, siendo una obra humana, es ante todo una obra de la gracia. La educación de una persona no es el resultado del saber hacer de nadie, por muy experto que sea. De aquí que los grandes educadores, los fundadores de las grandes instituciones educativas hayan sido, todos ellos, grandes santos. Lo que acabo de decir puede que te parezca un poco extremo, pero quien sepa algo de Historia de la Educación sabe que digo verdad.

Hasta el próximo número. Con mis mejores deseos,

Estanislao Martín Rincón