viernes, 27 de septiembre de 2013

Oración para pedir por la propia fe, del Papa Pablo VI


Oración para pedir por la propia fe, del Papa Pablo VI: Una fe libre, cierta, fuerte, alegre, activa y humilde

Yo creo, Señor; yo quiero creer en ti.
Señor, haz que mi fe se plena,
sin reservas y que penetre mi pensamiento
y mi manera de juzgar las cosas divinas y las cosas humanas.

Señor, haz que mi fe sea libre,
que tenga el concurso personal de mi adhesión,
que acepte las renuncias y los deberes que comporta
y que sea fina expresión del estilo de mi personalidad;
yo creo en ti, Señor.

Señor, haz que mi fe sea cierta,
cierta por una coherencia entre las pruebas exteriores,
y los testimonios interiores del Espíritu Santo.
Cierta por su luz que asegure,
por sus conclusiones que tranquilicen,
por su asimilación que descanse.

Señor, haz que mi fe sea fuerte,
que no se asuste ante la contradicción de los problemas
que llenan la experiencia de nuestra vida, ávida de luz;
que no tema la oposición de quienes la discuten,
la impugnan, la rechazan, la niegan,
sino que se robustezca en la prueba íntima de tu Verdad,
se estrene en el roce de la crítica,
se corrobore en la afirmación continua
y remonte las dificultades dialécticas y espirituales,
en medio de las cuales discurre nuestra existencia temporal.

Señor, haz que mi fe sea alegre,
que dé paz y sosiego a mi espíritu
y que lo disponga a la oración con Dios
y a la conversación con los hombres.
para que irradie en estas relaciones sagrada y profana
la felicidad interior de tu presencia.

Señor, haz que mi fe sea activa,
y que ella dé a la caridad un motivo de su expansión moral
de modo que ella constituya una verdadera amistad conmigo
y que en las obras, en el sufrimiento,
en la espera de la revelación final,
suponga una continua búsqueda de ti,
un testimonio continuado,
un alimento ininterrumpido de la esperanza.

Señor, haz que mi fe sea humilde,
y que no tenga la presunción de fundarse sobre la experiencia
de mi pensamiento y de mi sentimiento,
sino que más bien se rinda al testimonio del Espíritu Santo
y que no tenga otra ni mejor garantía
que la docilidad de la Tradición
y la autoridad del Magisterio de la Iglesia.