miércoles, 15 de enero de 2014

Pautas para vivir el tiempo litúrgico ordinario, por Ángel Moreno de Buenafuente

En este caso, “ordinario” no quiere decir que se trate de un tramo del año donde impere lo vulgar o lo menos digno. Por el contrario,  este tiempo está hecho del día a día que jalona el año y lo colma de ofrendas amorosas, discretas, gratuitas, laborales, amigas, orantes y a menudo recias.

Para este tiempo largo,  a veces costoso y empinado, es bueno descubrir algunas consignas que sirvan de alivio en el posible desierto, de sombra en el estío, de sosiego en la fatiga.

Te propongo algunas referencias, por si te pueden animar, sobre todo al comienzo de este nuevo tiempo, tan distinto al vivido en los días de Navidad.

El alimento mejor en el día a día es el pan cotidiano, pedido y agradecido al Dador de todo bien.

Una fuente de energía se descubre al hacerse consciente del don que significa tener capacidad para trabajar, dotes y dones que te convierten en samaritano para los que menos pueden.

La luz más transformadora de la realidad se encuentra al relacionar la Palabra de Dios con la historia, porque de esta manera todo se convierte en historia de salvación.

El trabajo diario profesional y bueno te permite pertenecer al grupo de los que acrecientan la creación con el bien hacer.

En los momentos de posible tedio, el recuerdo de los años de vida oculta de Jesús en Nazaret estimula para no perecer en el desánimo.

Gracias al tiempo discreto, laborioso, gratuito, se consolidan los tiempos estelares, los momentos cumbre. La vida ordinaria cimienta los días festivos.

Lo constante, cotidiano y perseverante acredita la fidelidad y la coherencia de las grandes palabras que se han pronunciado o de los gestos notables que se han tenidos en los acontecimientos extraordinarios.

El día a día deja gustar lo que se realiza por amor.

El tiempo ordinario permite valorar el silencio, la soledad, la intimidad, lo permanente, lo doméstico.

La vida ordinaria profetiza lo eterno, por ser el tiempo más duradero, y la fe en lo eterno deja saborear cada instante.

No son fórmulas, sino deseos. No son recetas, sino indicaciones. No son atavismos, sino propuestas. En todo caso, hay una verdad que acabamos de celebrar: que Dios se ha hecho compañero de camino en el Emmanuel. ¡Feliz Tiempo Ordinario!