lunes, 5 de mayo de 2014

Decálogo para la Pascua 2014, por Ángel Rubio, obispo de Segovia

1. Pascua de Resurrección, porque “murió y resucitó” (Mt. 8,6).

Cuando confesamos a Cristo resucitado no decimos simplemente que su tumba quedó vacía, sino que vive para darnos vida.

Cuando toda prueba se transforma en gracia, toda tristeza y sufrimiento en alegría, todo pecado en perdón, cuando nos liberamos de todas nuestras esclavitudes y pasamos de la muerte a la vida, es Pascua de Resurrección.

2. Pascua de Gloria, porque “era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria” (Lc. 24,26).

A pesar de que nuestras luchas lleven tantas veces al fracaso, a pesar de que nuestras ilusiones no se realicen, y veamos tantas veces que nuestros sacrificios parecen estériles, podemos gritar que la muerte no es el final absoluto de la vida, que lo que hemos sembrado con esfuerzo y amor en nuestra vida se convertirá en Pascua de Gloria.

3. Pascua del Señor, porque los discípulos decían “Hemos visto al Señor” (Jn. 20,25). 

Y llamarle “el Señor”, significa que Él es el fundamento, el fin y el destino del hombre, del mundo, y de la historia.

En su resurrección, Jesucristo vuelve de manera plena, está y vive del todo para Dios y para los hombres, y esta vida es la que Jesús comunica a los suyos.

Él es la salvación ya presente y la salvación futura en plenitud, porque Él es el Señor.

4. Pascua eucarística, porque le reconocieron “al partir el pan” (Lc. 24,35).

Un pan que no sólo estimula por un momento, sino que da la vida para siempre. En la Eucaristía, es donde Jesús se encuentra y allí Jesús habla al corazón y lo colma con su gracia. ` Cuando se experimenta el trato con el Sacramento Eucarístico se abren los ojos del corazón y se ve a Dios en todas las cosas, como los discípulos en la Pascua de Emaús.

5. Pascua de la Vida, porque Cristo “ha resucitado de entre los muertos como primicia de los que mueren” (1 Cor 16,9).

La vida del creyente no es soledad angustiosa, sino experiencia compartida con el Resucitado. Ahora sabemos que venimos de Dios, que hemos sido hechos a su imagen y que nuestra vocación es la de “reproducir los rasgos de Cristo”. (Rom. 8,29)

No podemos buscar entre los muertos al que vive. Nos pueden matar, pero nunca nos quitarán la vida, por la Pascua de Resurrección.

6. Pascua santificadora, porque Cristo resucitado nos ofreció “el perdón de los pecados” (Jn 20,22).

Cristo quiso que la Iglesia fuera el signo y el instrumento del perdón y de la reconciliación que nos adquirió al precio de su sangre por la Pascua Santa.

7. Pascua de alegría, porque “los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor” (Jn. 20,20).

Los cristianos no somos el pueblo de un muerto, sino el pueblo de un resucitado. La alegría pascual da su auténtico sentido a toda la vida humana.

Esperanza y alegría son las características de la vida espiritual del hombre. A pesar de las cruces y padecimientos de la vida, el final siempre inexorablemente será la alegría victoriosa de la Pascua de resurrección.

8. Pascua pacificadora, porque Jesús resucitado repetía: “Paz a vosotros” (Jn. 20,21).

Puedes llevar la paz, ofrecer la paz, hacer la paz rebosar de la paz que siempre nace de la posesión de Dios y de su gracia, la tranquilidad del alma, la integridad del cuerpo, la felicidad perfecta, la seguridad del cielo. Paz con Dios, paz con los hermanos, paz consigo mismo, hasta la paz cósmica, porque Cristo es nuestra Paz.

9. Pascua misionera, porque Jesús resucitado dijo: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn 20,21).

Quien vive con la Fe Pascual, no puede quedarse impasible ante el mundo, ante la realidad social, ante la Iglesia. Somos una Iglesia misionera que sale al encuentro del mundo y de los hombres siguiendo el mandato de Jesús “Id al mundo entero” (Mt. 28).

La Iglesia del Señor es tanto más Iglesia cuanto más abierta está a la evangelización del mundo por la Pascua de Resurrección.

10. Pascua comunitaria, porque “Jesús se presentó en medio de ellos” (Jn. 20,19).

La comunidad es la comunidad de cada uno y de todos con Cristo. El siempre une.

La vida comunitaria no consiste en estar juntos, o en cooperar como miembros de un equipo a la realización de una determinada tarea de carácter social o apostólico, sino en estar realmente unidos con Cristo y entre sí. La comunidad hace presente a Cristo por la Pascua de Resurrección.

Fuente: Revista Ecclesia