lunes, 2 de marzo de 2015

La clase de religión: el linchamiento

Josep Miró i Ardèvol

Ha bastado que apareciera en el BOE el temario de la clase de Religión en el nuevo plan de estudios para que por parte de determinados medios, periodistas y comentaristas se haya producido un verdadero linchamiento que debe ser denunciado como un perjuicio grave contra los católicos y la Iglesia. Una cosa es debatir racionalmente sobre la función de la educación religiosa confesional en la escuela, que de eso se trata, y otra muy distinta aplicar la demagogia a saco presentando la situación como un intento de forzar la confesionalidad de la escuela y la sociedad.

La primera cuestión a preguntarnos es qué ha cambiado con el actual decreto. La respuesta es que se mantiene igual el carácter voluntario de la asignatura para los alumnos y de oferta obligatoria por parte de los centros, como así ha venido siendo. Quien quiere la elige y el centro tiene la obligación de cumplir con esta demanda, y quien no quiere no lo hace. Quien va a una clase de religión es porque quiere, y eso es así incluso en la escuela católica. Entonces, ¿dónde está el cambio, a qué viene tanta algarabía?, porque ahora existe una asignatura alternativa de ética para quienes no quieren religión. ¿A quién molesta tal formación? Se vuelve así a la situación inicial de normalidad; esta era la fórmula hasta que llegó Zapatero, y pone fin a una situación arbitraria, donde el alumno que no asistía a clase de Religión recibía una recompensa en forma de clases de refuerzo, o simplemente de juego, mientras que su educación fundamental como ciudadano quedaba reducida al adoctrinamiento ideológico de la asignatura propuesta por Zapatero, 'Educación para Ciudadanía', obligatoria y que formaba parte de la nota promedio.

La diferencia substancial es que la religión ahora, la nota de religión, volverá a formar parte del promedio de la nota escolar. ¿Es que no es el caso de todas las asignaturas que se imparten de manera regular, desde la plástica a la educación física? Entonces, ¿por qué algo tan fundamental para la educación como la religión y la ética deben ser marginadas?

La educación religiosa en la escuela de carácter voluntario es buena para las familias y alumnos. Al igual que sucede con la escuela concertada, no es nada más que el cumplimiento del mandato constitucional, que Zapatero se cansó de vulnerar, del derecho de los padres a la educación moral y religiosa de sus hijos, un principio que, como es obvio, no puede quedar reducido a las cuatro paredes domésticas, porque esto es simplemente una obviedad.

Pero es que además la religión, la educación religiosa, genera un beneficio para la sociedad, una externalidad positiva muy importante. Desde los estudios de Coleman a finales de los ochenta (James S. Coleman, American Journal of Sociology, Vol. 94, Supplement: Organizations and Institutions: Sociological and Economic Approaches to the Analysis of Social Structure -1988-, pp. S95-S120). Published by The University of Chicago Press. Versión española en Zona Abierta num 94/95 2001); hasta los más recientes (Shaping Schooling Success: Religious Socialization and Educational Outcomes in Metropolitan Public Schools Journal for the Scientific Study of Religion,  Volume 39, Issue 3, pages 363–370, September 2000. Religious Involvement and Educational Outcomes : The Role of Social Capital and Extracurricular Participation. The Sociological Quarterly Volume 49, Issue 1, pages 105–137, Winter 2008) se repiten las mismas conclusiones: los alumnos que practican su confesión religiosa obtienen mejores resultados académicos, su socialización es mucho más positiva e incurren en una medida mucho menor en prácticas contrarias a su salud. Esto también sucede en relación a los centros escolares que son confesionales, en relación a los que no, y evidentemente todo esto después de “filtrar” los resultados por la variable de la renta de los padres.

En nuestro país, el estudio del sociólogo Javier Elzo sobre la capacidad educativa de las familias, realizado para la Fundación Jaume Bofill, también señala -en este caso indirectamente- que aquellas que tienen un marco de referencia donde la religión es una componente obtienen buenos resultados, mientras que cuando tal variable no está presente la dispersión es muy considerable. La confesión religiosa es un factor favorable al rendimiento escolar del alumno, y también del aula allí donde su número es suficiente como para marcar el ambiente. Esto son evidencias que tienen su prolongación en otros muchos aspectos de la vida adulta: los matrimonios católicos son mucho más estables, y por ello dotados de una mayor capacidad educadora; los casos de violencia contra la mujer son muy inferiores a la media (como lo constataba la encuesta del Instituto de la Mujer de la época de Zapatero sobre este tema); dependen en menor medida de las ayudas sociales, porque la estabilidad favorece a la larga una mejor situación económica; son los que aún mantienen un mínimo la natalidad de la que depende el futuro de las pensiones (las mujeres agnósticas o ateas tienen una tasa de fertilidad inferior a 1 cuando la tasa de reemplazo necesita de 2,1 hijos por mujer en edad fértil). Los católicos practicantes son quienes presentan un tasa de participación electoral por encima de la media, son el primer grupo social en este sentido, quienes más participan y aportan a la solidaridad. La propia Iglesia lo ejemplifica con Cáritas, a la que se debe añadir los miles de iniciativas menores y mayores surgidos de grupos e instituciones católicas. La crisis actual habría resultado insoportable para mucha, mucha gente, sin la Iglesia, y los inmigrantes sin nada aún se hubieran encontrado en peor situación.

La clase de Religión confesional educa en el amor a Dios y a los hombres, en el respeto, en el esfuerzo, en el seguimiento de Jesucristo. ¿Qué tiene de mala esta educación? ¿Acaso no debería ser celebrada como socialmente necesaria? Mas cuando la recibe solo el que la pide. ¿Acaso no interesa a todos fomentar comportamientos como los apuntados, que además se basan en la libre adscripción?

Todo esto sin referirnos a la importancia cultural de la educación católica, imprescindible para entender quiénes somos. Sin entender el catolicismo, ¿quién puede leer la Divina Comedia? Sin conocer a San Pablo, ¿se puede entender el predominio de la conciencia individual en Occidente?

Se habla de la necesidad de que los niños -y no solo ellos- conozcan el Islam para comprenderlo mejor, y el judaísmo. ¿Y no van a conocer con más intensidad lo que forma parte de sus raíces? ¿Qué aberrante forma de construir una sociedad es esa?

Y es que debajo de este linchamiento lo que hay es la voluntad de castigar a la institución católica y a sus seguidores, al cristianismo. No es un dato menor que el Consejo de Europa se haya sentido en la necesidad de advertir y establecer criterios contra la discriminación de los cristianos. Y más allá todavía, en muchos de estos personajes que realizan la práctica de 'Lynch' en el terreno de las ideas, late la voluntad de evitar que Dios emerja como un dato social que pueda surgir en su recuerdo como razón de exigencia para sus vidas.